En vista de la gran acogida que ha tenido la serie “Adolescencia”, desde Ediren nos gustaría realizar una breve reflexión sobre la misma. Es decir, analizar desde un enfoque profesional los temas que en ella se tratan.
Pero antes, nos gustaría dejar constancia de que esta serie es un producto de ficción. Aunque la trama sea coherente con el momento social actual por el que pasan las personas adolescentes, la serie magnifica e hiperboliza una realidad adolescente que no es generalizable. Si bien es cierto que la serie ha generado alarmismo, como personas que trabajamos y nos relacionamos a diario con personas adolescentes, nos parece indicado rebajar el tono; aunque ineludiblemente nos interpele como personas referentes.

Adolescencia: una etapa que nos asusta
Esta serie realiza una radiografía emocional de una etapa vital en el contexto actual que, como sociedad, hemos reducido a una caricatura de impulsividad, drama y rebeldía:
- Minimizando e intentando obviar, en algunos casos.
- Patologizando y exacerbando, en otros.
Es una etapa que a las personas adultas nos asusta; que cada persona ha vivido en su contexto histórico determinado, por lo que la comparación no es válida. Un periodo en el que una vez se alcanza la orilla de la adultez borramos de nuestra mente de manera selectiva, lo cual dificulta la identificación y la comprensión de quienes están inmersos en ella.
A todo ello hay que sumarle la variable del mundo virtual, y más concretamente las redes sociales. Esta realidad genera aún mayor distancia entre adolescentes y personas adultas (desconexión intergeneracional). Y es que la serie no solo pone el foco en los conflictos internos de las personas adolescentes, sino que nos devuelve una imagen muchas veces incómoda: la de nuestra propia incapacidad como personas adultas para escuchar, acompañar y comprender a quienes se encuentran inmersos en esta etapa de transición.

¿Quién educa emocionalmente a los adolescentes?
En un mundo donde la vulnerabilidad se vive como debilidad, donde el éxito se mide en likes y seguidores, donde el fracaso no tiene espacio, el malestar se privatiza. Y lo que no se habla, se actúa. Si bien es sabido que las personas adolescentes hablan cuando quieren y no cuando se les pregunta, esta serie pone de manifiesto la dificultad que socialmente tenemos para hablar sobre nuestras dificultades, decepciones, expectativas y emociones.
En general, las personas adolescentes tienen menos dificultades que nosotras para abordar temas espinosos, que como personas adultas nos generan cierto malestar o nos colocan en tesituras incómodas. Son muy hábiles a la hora de leer nuestra capacidad para escuchar lo que les ronda por la cabeza; y si creen que no vamos a poder, simplemente, se callan. Si, además, utilizan recursos e incluso un idioma diferente que nos cuesta entender (el de los emoticonos, por ejemplo), y para el que tampoco queremos esforzarnos por entender sin ser conscientes, les abandonamos y les pedimos que se autorregulen en un sistema que premia la hiperconectividad y la anestesia emocional (“se encerraba en su cuarto y no decía nada”). Si no dan “guerra”, todo está bien.

Las personas adolescentes están en momento de crisis
Las personas adolescentes se encuentran inmersas en una transición y por lo tanto en un momento de crisis. Por ello, necesitan:
- Identificarse con otros iguales.
- Sentir que pertenecen a un grupo.
- Figuras capaces de resolver sus dudas.
- Fuentes adaptativas que les ayuden a canalizar y gestionar su intensidad emocional, como por ejemplo las aficiones…
Todo ello, además de posibilitarles una regulación emocional, les proporciona un sentimiento de seguridad que les permite continuar construyendo y les devuelve su propia capacidad.

El mandato de la masculinidad
En este sentido, la serie nos devuelve un reflejo de la adolescencia como un campo de batalla simbólico (el instituto que nos muestra tiene mucho de esto). Un espacio en el que se disputa la identidad, el deseo, el poder y la pertenencia. En este escenario, el patriarcado sigue siendo una de las fuerzas estructurantes más invisibles y, a la vez, más determinantes.
Y es que el mandato de la masculinidad es uno de los factores más silenciados, pero más corrosivos dentro de la adolescencia masculina:
- Se exige ser fuerte, no mostrar emociones, conquistar, dominar.
- La tristeza se transforma en rabia.
- El miedo, en control.
- El deseo, en posesión.
Muchos adolescentes viven bajo una presión constante por demostrar que «no son débiles». Lo que llamamos masculinidad tóxica no es una esencia del varón, sino un aprendizaje social.
Adolescencia y fenómeno «incel»
La serie “Adolescencia” pone de manifiesto esta masculinidad en dos tonos bien diferenciados:
1. El primero tiene que ver con una masculinidad socialmente aceptada, que nos atraviesa a todos; que perpetúa modelos masculinos que condicionan a los jóvenes y no les permiten decidir con libertad. Es claro el sentimiento de decepción y rechazo del padre hacia Jamie por no ser bueno al fútbol (ni al boxeo, decepción que él mismo explicita), algo de lo que el joven se hace eco y repercute en su autoconcepto. Sin embargo, parece haber disfrutardo y haber sido bueno dibujando en la infancia; afición que de haber continuado, pudiera haberse convertido en un canal de gestión y construcción.
Parece que este sentimiento de decepción acompaña al menor a lo largo de su evolución. Una decepción continua, no solo a nivel familiar, sino también social (se hace evidente la necesidad de aceptación que muestra) que genera tristeza y sufrimiento, pero que transforma en ira y rencor. Este menor vulnerable, que se siente “fracasado” a todos los niveles, se ve abocado a buscar un recurso, el que sea, que le permita comprender y le revierta un sentimiento personal de “normalidad”.
2. En su caso, y aquí el segundo tono sobre la masculinidad, el fenómeno “incel”, la masculinidad tóxica al extremo, donde el dolor y el sufrimiento se convierten en odio.
Este fenómeno hace referencia al concepto “celibato involuntario” (“incel” fue acuñado en los años 90). Estos hombres se definen como sexualmente excluidos, y encuentran en foros y comunidades virtuales un espacio donde su frustración no solo se valida, sino que se convierte en una identidad. Una identidad atravesada por el resentimiento, el machismo, la misoginia y la deshumanización del otro.

La promesa del patriarcado
No obstante, detrás del discurso “incel” hay una profunda herida narcisista: la promesa del patriarcado (serás exitoso, serás deseado, serás poderoso) no se cumple, y en vez de cuestionar el sistema, se culpa a las mujeres. Porque el patriarcado no enseña a frustrarse, no enseña a perder, ni mucho menos a mirar hacia adentro (esta es otra de las conclusiones de la serie).
Y es que la gran fortaleza que ha demostrado y demuestra el feminismo ha generado una ola de conciencia colectiva que ha empoderado a muchas adolescentes y mujeres jóvenes (y hombres, nos gustaría pensar); cuestiona de manera profunda el sistema establecido y coloca sobre la mesa verdades incómodas. El feminismo ha obligado a muchos varones a repensar sus lugares, privilegios y formas de vincularse; pero también ha generado una reacción. Porque todo movimiento de progreso genera resistencias.

Adolescentes, espejo de nuestra sociedad
Si las personas adolescentes reproducen estas lógicas, no es porque las redes sociales los hayan estropeado; ni porque no tengan valores; ni porque no las controlemos lo suficiente. Las personas adolescentes son un espejo de nuestra sociedad, y como tal, reflejan los valores, las tensiones y las contradicciones de la misma. Hemos enseñado que ser hombre es tener éxito, hemos construido ideales inalcanzables, hemos educado en el miedo al fracaso, en la intolerancia a la frustración, en la banalización del otro.
La educación emocional no es un contenido más del currículum escolar. Es una práctica diaria, encarnada en los vínculos, en las palabras que elegimos, en el tiempo que dedicamos, en el interés que mostramos. Acompañar es enseñar otras formas de estar, de disfrutar, de crear vínculos. No necesitamos controlar a las personas adolescentes, necesitamos una mayor escucha para poder ofrecerles otras narrativas posibles.
Fdo. Alain Urra, psicólogo, psicodramatista
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