Autoridad y límites que garantizan el cuidado
Nadie duda hoy en día de la importancia de poner límites a nuestros hijos e hijas; límites que cuidan y que ayudan a crecer, a manejar la frustración y a prepararles para su futura vida adulta.
Sin embargo, como padres y madres, ¿otorgamos esa autoridad a las diferentes figuras educativas de su entorno?: profesorado, entrenadores y entrenadoras, educadores y educadoras…¿Valoramos sus criterios educativos y les damos esa autoridad para la educación de nuestras hijas e hijos? En muchos casos, la respuesta es incierta y puede generar conflicto.


Desconfianza hacia otras figuras de autoridad
Vivimos en una sociedad que ha cuestionado los modelos de autoridad tradicionales. Esto, aunque tiene aspectos positivos como el fomento del pensamiento crítico o la promoción de una crianza más respetuosa, también ha generado cierta desconfianza hacia quienes antes eran figuras incuestionables.
Hoy en día es habitual que se cuestione a un profesor o profesora por reprender al alumnado o que se dude del criterio de un entrenador o entrenadora al establecer normas en su equipo. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué tantos padres y madres terminan cuestionando a esas otras figuras educativas, a veces de forma automática? Las razones son diversas, y muchas de ellas tienen que ver más con los propios adultos que con los niños, niñas o educadores:

¿Por qué cuestionamos los modelos de autoridad tradicionales?
- En primer lugar, existe un fuerte deseo de proteger a nuestros hijos e hijas del malestar. Vivimos en una cultura donde el sufrimiento, incluso en dosis pequeñas y necesarias, se percibe como algo que hay que evitar a toda costa. Así, cuando un niño o una niña vuelve triste por haber sido reprendido o frustrado por una norma que no le ha gustado, el impulso inmediato de muchas madres y padres es defenderlo y buscar culpables fuera, sin detenerse a considerar el valor formativo de esa experiencia.
- En segundo lugar, hay un miedo creciente a sentirnos cuestionados como padres y madres. El juicio social es cada vez más intenso, y eso puede llevar a una sobreimplicación en la vida de nuestros hijos e hijas, donde se busca tener todo bajo control. Esto se traduce en intervenir constantemente en las decisiones del equipo de entrenadores, cuestionar los métodos de los docentes o incluso supervisar al detalle cómo se relacionan los niños y las niñas.
- Por último, no podemos obviar que la relación entre familias y figuras educativas se ha visto erosionada por la falta de tiempo, el exceso de información contradictoria sobre la crianza, y una sociedad que ha dejado de confiar en lo colectivo. Muchas veces no hay un vínculo previo que genere confianza mutua, lo cual facilita el conflicto y dificulta la colaboración.

¿Cuáles son las consecuencias de esta desautorización?
La más inmediata es la confusión en los niños y niñas: no saben a quién hacer caso, no saben qué es válido y qué no lo es. Se sienten en el medio de tensiones que no les corresponden. A medio y largo plazo, esto puede afectar su capacidad para asumir límites, para respetar normas, y para relacionarse con la autoridad de forma sana y constructiva. Además, pierden la oportunidad de desarrollar habilidades tan esenciales como la tolerancia a la frustración, la empatía o el esfuerzo.
La pregunta es entonces: ¿cómo podemos trabajar conjuntamente para que esas figuras educativas no sólo estén presentes, sino que también cuenten con el respaldo y la legitimidad que necesitan para ejercer su labor?
La respuesta pasa por una reflexión profunda sobre nuestro rol como padres y madres, y sobre cómo entendemos la autoridad en la crianza en el siglo XXI.

Del modelo autoritario a no poner límites
Parece que hemos pasado de un modelo autoritario, en el que la palabra del adulto no se discutía, a un modelo en el que con la intención de proteger a la infancia hemos corrido el riesgo de diluir los límites. En este péndulo entre extremos, a veces confundimos:
- respeto con permisividad
- diálogo con falta de autoridad
- libertad con ausencia de normas
Cuando las personas adultas no mostramos unión; cuando ponemos en duda delante de nuestros hijos e hijas las decisiones de un maestro o maestra; o cuando desacreditamos al entrenador o entrenadora por corregir una conducta, estamos enviando un mensaje claro: su autoridad no es válida. Y eso no sólo debilita su labor, sino que deja a los niños y a las niñas sin referencias sólidas que les ayuden a orientarse en lo que está bien o mal.
Sin autoridad no sabemos decirles no
Como sociedad hemos avanzado mucho en comprender la importancia de una crianza más empática, consciente y respetuosa, lo cual es un logro indiscutible. Pero en ese camino, también hemos comenzado a:
- temer el conflicto por no incomodar a nuestros hijos e hijas
- no saber decirles que no
- otorgarles un poder que no les corresponde
En esta transición hacia un modelo más respetuoso y consciente de las necesidades emocionales de la infancia, caemos en ocasiones en el extremo opuesto: la sobreprotección. En lugar de educar a los niños y niñas para que desarrollen habilidades para la vida, los hemos envuelto en una burbuja que los mantiene alejados de la frustración, el esfuerzo o la capacidad de espera. Intentando evitarles cualquier incomodidad, les negamos experiencias fundamentales y estructurantes para su desarrollo.
¿Cuáles son las consecuencias de la sobreprotección?
Esta sobreprotección nace del amor y del deseo de cuidar, sin embargo, se traduce en:
- Una limitación de su autonomía.
- Los niños y niñas no aprenden a tolerar la frustración porque siempre hay una persona adulta que soluciona las cosas por ellos y ellas.
- No desarrollan responsabilidad porque no se les exige asumir las consecuencias.
- Y no conocen sus propios recursos porque no se les da espacio para ponerlos en práctica.

Los niños y niñas necesitan adultos firmes
En un intento legítimo de darles voz, hemos abierto la puerta a que cuestionen constantemente cualquier norma, decisión o límite, como si todo fuera negociable. Pero no se trata de callar la voz de la infancia, sino de enseñarles cuándo y cómo usarla. El diálogo no puede ser una excusa para invertir los roles: los niños y niñas necesitan adultos firmes, que tomen decisiones, que les sostengan y estructuren, y que les transmitan seguridad.
Educar es, también, incomodar a veces. Es sostener una norma aunque no guste, es decir “hasta aquí” aunque genere enfado. Y eso no es autoritarismo, es cuidado. Necesitamos recuperar esa mirada: la autoridad no como imposición, sino como una guía firme y segura que la infancia necesita para crecer con confianza y seguridad; con el objetivo de que crezcan de una manera saludable y lleguen a ser personas adultas autónomas.
Por eso, hoy más que nunca, es imprescindible recuperar la responsabilidad adulta. Los niños y niñas no necesitan personas adultas perfectas, pero sí coherentes, presentes y comprometidas con su desarrollo. Necesitan que quienes los educan (padres, madres, docentes, entrenadores, cuidadores…) trabajen con respeto, en alianza, compartiendo un lenguaje común y unos valores claros.
Beatriz Fernández Corres, psicóloga, terapeuta psicomotriz

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