A lo largo de la vida nos toca tomar decisiones continuamente, unas más importantes que otras.
En general, dependiendo del momento vital en el que nos encontremos, las consecuencias nos pueden afectar o marcar en mayor o menor medida.
En particular, la adolescencia es un periodo complejo. Es una etapa clave en la que se va definiendo un proyecto de vida; un momento de búsqueda de identidad, en el que se van a ir concretando muchas cuestiones importantes de la vida; un periodo de incertidumbre y de muchos cambios, en donde los conflictos personales y las tensiones internas afloran y pueden complicar mucho la toma de decisiones.

Decisiones sobre futuro académico y laboral
Una de las decisiones más críticas a la que nos tenemos que enfrentar en la adolescencia tiene que ver con el futuro académico y laboral. Surgen cuestionamientos como: ¿Y ahora qué hago con mi vida? ¿Qué quiero estudiar? ¿Qué camino escojo? ¿Y si me pongo a trabajar? ¿Formación profesional o universidad? ¿Módulo o bachiller?…
- Todas estas preguntas responden más a una parte racional que tiene que ver con lo que nos gusta, con las preferencias que tenemos a esa edad. También están relacionadas con las competencias, es decir, con aquello que se me da mejor o peor; y también con dónde me puedo visualizar trabajando, porque me gusta y me enriquece.
- Sin embargo, hay otra parte que está ligada a otros factores que no podemos controlar, que nos influyen y pesan mucho en la toma de este tipo de decisiones. Estamos hablando de factores psicológicos, sociales, familiares y culturales.

Mucha presión en la toma de decisiones
En la sociedad en la que vivimos, no nos permitimos tomarnos un periodo de tiempo intermedio en el que podamos “descubrir mundo”, para poder conocer lo que nos gusta y lo que no. Parece que ha de ir todo seguido, pasando de curso en curso, porque si no “perdemos” años. Hay mucha presión por no salirnos del camino establecido. Basamos mucho el éxito profesional en lo académico; cuando sabemos que ese éxito no solo depende de lo académico, sino también de otro tipo de habilidades personales; no solo de las cognitivas.
Dependiendo de las capacidades, habilidades y destrezas de cada cual, hay una exigencia mayor o menor socialmente. Si el o la adolescente muestra buenas capacidades, se le orientará hacia estudios superiores; en cambio, si no es así, directamente se le encamina hacia el mercado laboral porque ya ha demostrado que “no vales para estudiar”.
Como persona adolescente, que todavía no tengo un criterio bien formado de lo que quiero, lo que me gusta o dónde me visualizo en un futuro a medio-largo plazo, las variables externas son las que más nos van a influir en tomar esa decisión.

El miedo a equivocarnos en las decisiones
Hay distintas variables que nos condicionan a la hora de tomar decisiones sobre el futuro académico y profesional:
- Por un lado, existe el miedo a equivocarnos en la elección. Hay personas que desde pequeñas ya saben qué es lo que quieren ejercer de mayores; otras, que lo van decidiendo conforme van pasando los años; y hay otro grupo de personas que no lo saben ni cuando llega el momento de tomar la decisión. Es entonces, cuando el perfeccionismo y la autoexigencia nos pueden jugar una mala pasada; no nos permite gestionar bien la equivocación y aceptar que puedo tomar otro camino más adelante, sin necesidad de decidir deprisa y corriendo porque «el plazo de inscripción se termina».
- Por otro lado, existe el miedo a decepcionar, principalmente a la familia. La influencia familiar y del entorno es otra variable que nos condiciona en muchos momentos a lo largo de la vida, sobre todo en edades tempranas. Desde que nacemos, se ponen una serie de expectativas en los/as hijos/as a corto y largo plazo (unas conscientes y otras inconscientes), entre ellas el futuro académico y laboral. Cuantas más expectativas se depositen en ellos/as, más exigencias van a tener para poder llegar y cumplirlas. Esto les puede generar mucha angustia y frustración, por lo que en muchas ocasiones optan por “tirar la toalla”, antes de intentarlo y no llegar a lo esperado.

No decidamos por ellas/os
- Por último, otra de las dificultades a la hora de tomar decisiones se da cuando las aspiraciones e ilusiones no coinciden con las competencias de cada cual. En ocasiones, las personas adultas pretendemos decidir por ellos/as, sin dejarles ese espacio de decisión necesario y concluimos por ellos/as. Sin embargo, como personas adultas y referentes, es importante ofrecerles criterios de realidad, ya que no tienen una identidad bien marcada y esa decisión les puede resultar muy complicado de gestionar.
Fdo. Iratxe Ortiz de Orruño, pedagoga, experta en terapia de familia y pareja
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