El gran choque: tu fantasía vs la realidad del bebé
Llega el verano, el buen tiempo y, en el mejor de los casos, las vacaciones: descanso, desconexión, viajes para algunas personas y pausas para otras.
Sin embargo, cuando en la ecuación aparece un bebé (especialmente si es el primero), la fantasía idílica de las vacaciones de verano suele chocar de frente con la realidad. Muchas madres y padres se encuentran de repente en un hotel o un apartamento, exhaustos, preguntándose:
- “¿Por qué me siento más cansada aquí que trabajando?”.
- “¿En qué momento decidimos que esto eran vacaciones?”.

¿Disfrute o supervivencia?
Analicemos cómo viven este momento de las vacaciones las diferentes partes de la familia:
- Las personas adultas afrontamos las vacaciones con un «guion mental» lleno de deseos de libertad, horarios flexibles y descanso.
- Pero el bebé no sabe lo que es un calendario ni le importa el cambio de quincena. Cuando lo sacamos de su espacio físico habitual (su cuna, sus ruidos, su luz), el bebé experimenta un aumento de la ansiedad. ¿El resultado? Duerme peor, está más irritable o demanda más brazos.
Para un lactante o un/a niño/a muy pequeño/a, la predictibilidad es sinónimo de seguridad. Su mundo interno se organiza a través de las rutinas: saber cuándo come, cuándo duerme y dónde está su entorno seguro.

Hay que tener muy presente que el bebé no te está «arruinando las vacaciones» a propósito; simplemente está intentando regularse en un entorno desconocido a través de sus figuras de apego seguro.
¿Abandonar los planes o adaptarnos?
Ante esta realidad, las familias solemos caer en dos extremos que se pueden revisar:
- La rigidez absoluta (Abandono de planes): «Como el bebé se duerme a las ocho, nos encerramos en el hotel, casa, camping o apartamento a las siete y media». Esto suele generar una enorme frustración y resentimiento en la pareja. En estas circunstancias, las vacaciones tienen el peligro de convertirse en una cárcel con vistas al mar.
- La omnipotencia (Pensar que el bebé se adapta a todo): «Nosotros nos lo llevamos de cena a las once de la noche, él se duerme en el carro en cualquier sitio». La «adaptación total» a veces funciona, pero generalmente es un mito. A menudo satura el sistema nervioso del niño/a, provocando crisis de llanto incontrolables por sobreestimulación.

Podríamos decir entonces que parte de la clave es la flexibilidad corregulada, es decir, la capacidad de las personas adultas para flexibilizar sus propios planes y expectativas (adaptándose a las necesidades del bebé), mientras mantienen la calma y la estabilidad emocional necesarias para ayudar al niño o niña a regular su sistema nervioso ante los cambios del entorno.
No se trata de renunciar a tus vacaciones, sino de poder dedicar un poco de tiempo para poder hacer un «duelo» por las vacaciones que tenías antes de ser padre o madre, y así dar la bienvenida a un nuevo formato de viaje, vacaciones, disfrute o pausa.
El éxito no diríamos que es hacer el viaje perfecto, sino mantener el clima familiar a salvo de tensiones insostenibles.

Las vacaciones como «espejo» de la familia
Desde la perspectiva relacional, la familia es un engranaje. En el día a día, el trabajo, la escuela infantil o la ayuda de los abuelos o terceros actúan como amortiguadores de la tensión. En vacaciones, esos amortiguadores desaparecen. Están los padres/madres, el bebé y 24 horas al día por delante.
En vacaciones, es muy común que aparezcan dinámicas complejas:
- Triangulaciones donde el malestar o la falta de comunicación en la pareja se «deposita» en el bebé.
- Si discutimos por las tareas, podemos acabar diciendo que “el niño está insoportable”, en lugar de asumir que los que estamos tensos somos nosotros.
- Se le suma el quiebre de expectativas: si uno de los miembros de la pareja espera que el otro «adivine» lo que necesita en el cuidado del niño, el conflicto está servido.
En vacaciones, ayuda que las funciones de cuidado puedan recolocarse y hablarse explícitamente.

Claves para unas vacaciones con bebé
Para que el verano sea un espacio de encuentro y no de crisis, podemos aplicar tres principios básicos:
- Traslada el «hogar», no solo las maletas: El bebé necesita olores y objetos familiares. Llévate su sábana sin lavar de casa, su muñeco de apego o el proyector de luces que usa para dormir. Ese «puente» visual y olfativo le ayudará a entender que el mundo sigue siendo un lugar seguro, aunque las paredes hayan cambiado de color.
- Negociación explícita en la pareja: Es mejor no dar nada por sentado. Es sano poder pactar turnos de descanso individuales. Por ejemplo: “De 16:00 a 18:00 tú descansas o vas a la playa a leer, y yo me encargo del bebé, y mañana al revés”. Permitirse espacios de individualidad oxigena el sistema familiar.
- Baja el ritmo: Si antes de tener un bebé veías tres museos y pateabas una ciudad en una tarde, ahora el plan es ver un parque y tomar un café con calma. El bienestar del bebé (y el tuyo/vuestro) depende de la lentitud. Si tú estás tranquilo/a y transmites calma, el bebé lo captará por neuronas espejo y se regulará mucho mejor.
En conclusión; las vacaciones con un bebé no son menos atractivas, son simplemente diferentes. Nos condicionan, sí, porque nos obligan a salir del egocentrismo del adulto para sintonizar con los ritmos de un ser que nos necesita estables, predecibles y, sobre todo, presentes.
Fdo. Itziar de Miguel, psicóloga, psicoterapeuta de familia y pareja
Deja una respuesta