«Cuando estar acompañado/a no significa sentirse acompañado/a».
En Vitoria‑Gasteiz, cada vez más personas jóvenes expresan sentirse solas, incluso cuando están rodeadas de gente. No se trata de una soledad medible por el número de personas con las que se relacionan, sino de una experiencia emocional profunda. Es decir, hablamos de la sensación de no tener un vínculo significativo al que agarrarse cuando los retos de la vida nos desbordan.

Soledad, no solo en personas mayores
En los últimos años, la soledad no deseada se ha convertido en uno de los problemas de salud emocional más relevantes entre la juventud, desplazando la idea tradicional de que este fenómeno afecta principalmente a las personas mayores.
Hoy sabemos que las personas jóvenes constituyen uno de los grupos más vulnerables y los datos más recientes así lo confirman:
- A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 17,4% de las personas de entre 18 y 29 años experimenta soledad frecuente.
- El Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada señala que a nivel estatal uno de cada cuatro jóvenes, es decir, el 25,5% de quienes tienen entre 16 y 29 años, se siente solo o sola en el momento presente.
- En Euskadi, aunque la prevalencia general es menor que la media estatal, la juventud sigue destacando: el 23,8% de las personas de entre 18 y 34 años afirma sentirse sola, una cifra que duplica la tasa observada en los mayores de 55 años.
- Además, la franja comprendida entre los 21 y los 26 años constituye el periodo de máxima vulnerabilidad, alcanzando cifras cercanas al 31% en torno a los 23 años.

Soledad emocional
Lo más llamativo es que esta soledad no surge por falta de apoyo práctico. De hecho, el 90% de las personas jóvenes que se sienten solas afirma tener a alguien a quien acudir en caso de problemas prácticos.
La soledad que describen se trata de una soledad emocional, vinculada a la ausencia de vínculos profundos, significativos y estables. Es decir, que las personas jóvenes pueden estar objetivamente conectadas, pero carecer de un soporte relacional sólido.
Por tanto, la soledad no deseada no depende del número de personas que tengamos alrededor, sino de la profundidad de los vínculos que construyamos.
En un contexto como el de Vitoria‑Gasteiz, donde la cuadrilla y la vida comunitaria tienen un peso cultural importante, esta paradoja resulta especialmente reveladora, ya que, por lo que vemos, la presencia de un círculo social amplio no garantiza la existencia de relaciones íntimas y nutritivas. En otras palabras, no nos falta gente, sino que estamos escasos de conexión.

Transición a la adultez más compleja
En las últimas décadas, la transición a la etapa adulta se ha alargado y complejizado. Vivimos un proceso de “adolescentización” de la sociedad, donde rasgos propios de la adolescencia como la inestabilidad, la impulsividad, la búsqueda de gratificaciones inmediatas o la fragilidad emocional se extienden más allá de esa etapa y colonizan tanto la infancia como la vida adulta (Ricardo Fandiño).
Por tanto, la frontera entre etapas se difumina, y con ello también los referentes que antes marcaban el paso hacia la madurez.

Dificultades para la autonomía
A esta realidad se suma un contexto social en el que la precariedad laboral y la dependencia económica prolongada dificultan la autonomía. Muchas personas jóvenes viven en un estado de incertidumbre constante, sin poder proyectar a largo plazo ni construir un proyecto de vida estable.
La modernidad líquida (Bauman) ha generado un entorno donde “las instituciones, las relaciones y los proyectos vitales carecen de formas duraderas y se transforman con rapidez”, lo que complica enormemente la construcción de una identidad sólida y coherente.

Vínculos frágiles e insuficientes
En este escenario, no sorprende que la soledad alcance su punto más alto precisamente en esta etapa. Un período de transición (adultez emergente) que exige tomar decisiones importantes sobre estudios, trabajo, relaciones, vivienda e identidad en un contexto que cambia sin cesar y bajo condiciones que no permiten planificar con seguridad. Es como intentar construir un castillo de naipes en medio de un vendaval, sobre una mesa que además cojea.
La falta de estabilidad externa se convierte en un desafío interno, que si no logramos superar, se puede vivir con culpa y sentirlo como una debilidad personal.
Por tanto, la soledad en la adultez emergente no es un fenómeno aislado: es el reflejo de una etapa vital exigente, vivida en un contexto social que no siempre acompaña. Y cuando los vínculos que deberían sostener este tránsito son frágiles o insuficientes, la experiencia de sentirse “entre dos mundos” se vuelve aún más intensa y complicada.

Apoyo social y autoestima
Por tanto el apoyo social percibido, es decir, la sensación de sentirse querido, valorado y acompañado, es uno de los factores más protectores para la salud mental en la juventud. No se trata solo de tener personas alrededor, sino de sentir que esas personas están disponibles emocionalmente, que existe un vínculo seguro y significativo. Cuando este apoyo es sólido, actúa como un amortiguador frente al estrés, ayuda a manejar las emociones y contribuye a construir una identidad más estable en un momento vital lleno de cambios.
Al mismo tiempo, los estudios confirman que la calidad del apoyo social está estrechamente ligada a la autoestima y ésta, a su vez, se construye en gran medida a través de las relaciones significativas. Cuando una persona joven siente que cuenta con personas que la sostienen, la confianza en sí misma crece. Sin embargo, cuando percibe que sus vínculos son inestables o superficiales, su autoestima puede resentirse. No es casual que, según los datos estatales, más de un tercio de las personas jóvenes que se sienten solas presenten baja autoestima, una cifra muy superior a la de quienes no experimentan ese sentimiento de soledad.

Relaciones familiares de calidad
En Euskadi, además, el Barómetro de Soledad no deseada muestra que la falta de relaciones familiares de calidad tiene un impacto especialmente fuerte en la experiencia de soledad. Aunque la cuadrilla ocupa un lugar importante en la vida social, parece que la familia sigue siendo un pilar emocional decisivo. Cuando esa pata falla o se debilita, la sensación de desamparo puede aumentar, afectando tanto al bienestar emocional como a la percepción que la persona tiene de sí misma.
Aunque todos estos datos puedan parecer preocupantes, la realidad es que nos arrojan información valiosa sobre lo que aporta estabilidad a “esa mesa” sobre la que la juventud está intentando construir su castillo de naipes, su proyecto de vida. Cuando las patas del apoyo social y de la autoestima están firmes, la mesa se puede mantener estable incluso en tiempos difíciles.

Encontrar acompañamiento emocional
La buena noticia es que estas patas pueden reforzarse. Es decir, sabemos que los vínculos protegen, sostienen y transforman. Cuando una persona joven encuentra un espacio donde se siente escuchado, aceptado y acompañado, ya sea en su familia, en su grupo de amistades, en una figura de referencia o en la comunidad, su autoestima se fortalece y su sensación de soledad disminuye.
En definitiva, la conexión emocional no elimina los desafíos de la vida, pero sí los hace más llevaderos y, en una etapa tan exigente como la juventud, ese acompañamiento puede marcar una gran diferencia.
Fdo. Estitxu Saracho, psicóloga
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