Cuando perder una casa significa perder un mundo: el impacto de los desahucios en la infancia
Imaginemos a varios niños jugando al pilla-pilla en el patio. Corren, se persiguen y, cuando están a punto de ser atrapados, buscan un lugar donde ponerse a salvo. Llegan a «casa», tocan la pared o el árbol que hace de refugio y respiran tranquilos. Durante unos segundos, nadie puede atraparlos. Llegar a «casa» significa estar a salvo.
Ahora imaginemos que ese lugar desaparece.

Para un niño o una niña que vive un desahucio, perder su casa significa mucho más que quedarse sin un techo. El hogar es el lugar donde comen, juegan, estudian… Las rutinas y los espacios conocidos les ayudan a organizar su mundo interno. La casa es ese orden interno, el lugar donde se sienten protegidos. ¿Qué sucede cuando ese espacio deja de estar disponible? ¿Cómo afecta a la infancia perder la seguridad de lo conocido, mientras todavía está aprendiendo a comprender el mundo?
Mucho más que perder un techo
Un desahucio es un evento vital estresante que sitúa a las familias en una situación de gran vulnerabilidad. En estos casos, solemos pensar en los problemas económicos de una familia o en la dificultad de encontrar otra vivienda. Sin embargo, a menudo olvidamos algo fundamental: las consecuencias emocionales, sociales y educativas que esta situación puede tener en niños, niñas y adolescentes.
El impacto no comienza necesariamente el día en que la familia abandona su casa. la mayoría de las veces, la incertidumbre aparece mucho antes. Los niños perciben la preocupación de sus padres, notan que algo no va bien y escuchan conversaciones que quizá todavía no comprenden del todo.

Cuando llega el momento de marcharse, pueden perder su habitación, sus juguetes, sus vecinos, sus amistades y, en ocasiones, su escuela. Para una persona adulta, una mudanza puede ser un cambio de domicilio. Para un niño, puede significar que desaparezca de repente buena parte del mundo que conocía.
El hogar, junto con la escuela, es uno de los principales espacios donde la infancia construye su seguridad. Allí se crean rutinas, se establecen vínculos y se aprende a confiar en el entorno. Cuando ese mundo se vuelve inestable, puede aparecer el miedo, la tristeza, la inseguridad o una sensación de desarraigo difícil de explicar.
Cuando el malestar no se puede explicar con palabras
Cada niño vive estas situaciones de una manera diferente. La edad, las circunstancias familiares y el apoyo que recibe influyen en cómo afronta lo que está ocurriendo:
- Los más pequeños pueden dormir peor, tener pesadillas, mostrarse más irritables o necesitar estar constantemente cerca de sus padres. Otros pueden volver a comportamientos que ya habían superado o sentir miedo ante las separaciones. En ocasiones, incluso pueden pensar que lo ocurrido es culpa suya. Por eso, es importante explicarles, con palabras que puedan entender, que no son responsables de los problemas de vivienda de los adultos.

- En la adolescencia, el sufrimiento puede manifestarse de otras formas: vergüenza, ansiedad, aislamiento o miedo a que los compañeros conozcan la situación familiar. Cambiar de barrio o de centro escolar también puede suponer la pérdida de amistades y de espacios de pertenencia especialmente importantes en esta etapa.
Hay algo que conviene recordar: los niños no siempre pueden poner en palabras lo que les pasa; muchas veces lo expresan a través de su comportamiento. Detrás de una rabieta, de un silencio o de una dificultad para relacionarse puede haber una preocupación que no saben cómo compartir.
El papel fundamental de la escuela
El desahucio también puede llegar al aula. Imaginemos a un niño que intenta atender en clase mientras se pregunta dónde dormirá la semana siguiente, o a una adolescente que prepara un examen mientras su familia busca desesperadamente una vivienda.
¿Es fácil concentrarse cuando la cabeza está ocupada por una preocupación así?

El estrés y la incertidumbre pueden dificultar la atención, la memoria y el aprendizaje. A ello se suman, en ocasiones, problemas materiales: no disponer de un lugar tranquilo para estudiar, perder materiales escolares o tener que cambiar de centro educativo. Un descenso del rendimiento no significa necesariamente falta de capacidad o de interés. Puede que ese menor esté intentando gestionar una situación que le desborda.
Por eso, la escuela desempeña un papel fundamental. Mantener las rutinas, conservar el vínculo con los compañeros y contar con docentes de confianza puede ofrecer una cierta estabilidad cuando otras partes de la vida están cambiando. A veces, seguir yendo a la misma escuela o encontrarse con los amigos significa conservar una pequeña parte de ese mundo que sienten que están perdiendo.
¿Quién cuida de quienes cuidan?
Hay otra realidad que no podemos olvidar: los adultos también sufren.
Las madres y los padres pueden vivir el desahucio con una enorme angustia. Tienen que buscar una vivienda, afrontar problemas económicos y resolver trámites mientras intentan proteger emocionalmente a sus hijos.

Una madre expresaba esta presión con una frase que resume muy bien lo que viven muchas familias: «Es que no me puedo caer ahora».
Esa necesidad de mantenerse en pie porque los hijos dependen de ellos puede resultar agotadora. Pero, ¿quién cuida de esos adultos cuando sienten que ya no pueden más?
Acompañar a las familias también es una forma de proteger a la infancia. Cuando los adultos reciben apoyo, cuentan con más recursos para afrontar la situación y acompañar emocionalmente a sus hijos.
A veces, además, son los propios adolescentes quienes intentan sostener a la familia. Se preocupan por la economía, ayudan a buscar vivienda o dejan de lado sus necesidades para no añadir más preocupaciones. Aunque lo hagan desde el cariño, no podemos olvidar que siguen siendo adolescentes. No les corresponde resolver los problemas de los adultos ni convertirse en el principal apoyo emocional de toda la familia.

Que el refugio no desaparezca del todo
Volvamos al juego del pilla-pilla. ¿Qué ocurre cuando un niño pierde el lugar donde podía ponerse a salvo? Necesita encontrar otro espacio seguro, alguien que le ayude y una forma de recuperar la tranquilidad.
En la vida real, esa seguridad no depende únicamente de una casa. También se construye a través de las personas y los vínculos que permanecen.
La familia, los amigos, la escuela, los vecinos, las asociaciones y los profesionales pueden formar una red de apoyo que ayude a los menores a atravesar esta experiencia. A veces, acompañar significa ayudar a una familia a encontrar recursos o facilitar que un niño siga asistiendo a su escuela. Otras veces, consiste en algo tan sencillo como mantener el contacto, invitarle a jugar o preguntarle cómo se encuentra sin obligarle a contar lo que no desea compartir.
Son gestos que transmiten un mensaje fundamental: aunque algunas cosas hayan cambiado, no estás solo.

Solidaridad y redes de apoyo
La escuela también es ese refugio. Para ello, es importante proteger la intimidad familiar, acompañarles y evitar que la situación económica o residencial se convierta en una etiqueta que acompañe al niño.
Pero debemos tener algo claro: la solidaridad y las redes de apoyo son esenciales, aunque no pueden sustituir el derecho a disponer de una vivienda segura. No podemos dejar únicamente en manos de las familias, los vecinos o los profesionales la responsabilidad de responder a una situación que afecta al bienestar y al desarrollo de la infancia.
Necesitamos hablar de los desahucios, visibilizar las experiencias de quienes los sufren y reclamar respuestas que tengan en cuenta las necesidades de niños y adolescentes. Esto implica trabajar en la prevención, ofrecer alternativas habitacionales adecuadas y garantizar acompañamiento antes, durante y después de la pérdida de una vivienda.
No basta con pedir a los niños que se adapten a cualquier circunstancia. También debemos preguntarnos qué podemos hacer como sociedad para evitar que crezcan en condiciones de inseguridad.

Ningún niño debería crecer en modo supervivencia
Cuando un niño juega al pilla-pilla y llega a casa, sabe que durante unos segundos está a salvo. En ese pequeño gesto hay una necesidad humana fundamental: contar con un lugar donde descansar, sentirse protegido y recuperar fuerzas antes de volver a salir al mundo.
La infancia necesita algo parecido en la vida cotidiana. Necesita un hogar seguro, adultos que puedan cuidarla, una escuela donde sentirse parte del grupo y una comunidad que no le dé la espalda cuando las cosas se complican.
No siempre podremos evitar todas las dificultades que atraviesa una familia, pero sí podemos escuchar, acompañar, preservar los vínculos y trabajar para que ningún niño tenga que afrontar la pérdida de su hogar en soledad.
Porque proteger a la infancia no consiste únicamente en ayudarla a encontrar otro lugar donde ponerse a salvo. Consiste también en trabajar para que no pierda su refugio.
Ningún niño debería tener que vivir en modo supervivencia. La infancia necesita seguridad para poder crecer, aprender, jugar y, sencillamente, ser infancia.
Fdo. Haizea Marijuan, psicóloga, terapeuta infantil
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