¿Qué lugar ocupan nuestras amistades en nuestra vida?
Las relaciones de amistad tienen un papel importante en nuestro bienestar. Pero mantener vínculos significativos requiere tiempo, presencia, escucha y compromiso.
Cuando hablamos de salud solemos pensar en alimentación, ejercicio, descanso o salud mental. Sin embargo, hay otro elemento que a veces queda en un segundo plano: la calidad de nuestras relaciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la Salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades», sin embargo, el aspecto social es en el que menos se pone la mirada.

Las personas somos seres sociales, es decir, necesitamos de un otro para ser, nos construimos de manera relacional y vincular con otras personas. Necesitamos a otras personas para desarrollarnos, para aprender, para compartir lo que nos ocurre, para sentirnos parte de una comunidad y también para conocernos mejor. Las relaciones de amistad no son un añadido a nuestra vida: forman parte de nuestra manera de vivir y de nuestro bienestar.
Vivimos rodeados de personas, pero ¿estamos realmente conectados?
El lugar en el que vivimos condiciona, en cierta medida, nuestra manera de relacionarnos:
- En los pueblos pequeños pueden existir redes de proximidad y espacios de encuentro que facilitan que las personas se conozcan y se ayuden por la solidaridad vecinal.
- En las ciudades hay muchas más personas y posibilidades, pero también pueden aparecer el anonimato, las prisas y una mayor distancia entre quienes comparten un mismo espacio.
También han cambiado nuestros barrios y nuestros espacios cotidianos, por lo que también ha cambiado la manera de relacionarnos en las ciudades. Antes era más frecuente conocer a los vecinos, pedirles ayuda o encontrarse espontáneamente con otras personas. Hoy podemos vivir durante años junto a alguien sin llegar a conocerlo.

El que las ciudades favorezcan los espacios de encuentro importa porque las relaciones necesitan lugares y oportunidades para producirse. Por ejemplo, las mismas personas que viven habitualmente en una ciudad, pero en periodos de descanso vacacional acuden a un camping, probablemente por el estado de tranquilidad y con menos obligaciones en el que puedan encontrarse, se relacionan de una manera más fluida y relajada con las personas con las que comparten el camping.
“Existe una relación muy directa entre el entorno en el que vivimos y nuestra capacidad de mantener vínculos a lo largo de la vida”. Andrea Falcone.
Un banco en una plaza, una cafetería, un centro social, un bar, una asociación o cualquier otro espacio que facilite el encuentro puede funcionar como una especie de infraestructura social: lugares donde podemos coincidir, conversar y construir vínculos.

La soledad no siempre es un problema
Hablar de amistad y de relaciones sociales nos lleva inevitablemente a hablar de soledad. La OMS ya habla de la soledad como pandemia con una estimación de que una de cada seis personas sufre soledad, una soledad no deseada que genera dolor. Pero no toda soledad es igual.
Hay una soledad elegida, que puede ser necesaria para descansar, pensar, crear o simplemente estar con nosotros mismos. Y existe también una soledad no deseada, cuando necesitamos conexión con otras personas, pero no encontramos los vínculos que necesitamos y genera sufrimiento.
La diferencia es importante. Ya que elegir estar a solas es saludable, pero sentirnos solos sin haberlo elegido puede generar tristeza, aflicción, angustia, desconsuelo, sufrimiento y afectar a nuestro bienestar y a la salud integral. Por eso, quizá la cuestión no sea evitar la soledad, sino poder elegir cuándo queremos estar solos y cuándo necesitamos estar con otras personas y ser capaces de combinar ambas.

Las redes sociales no son el único problema
Cuando hablamos de relaciones sociales, es fácil señalar inmediatamente a las nuevas tecnologías como las responsables de que cada vez sea más complicado relacionarse, haya mayor individualismo, de que los jóvenes no tienen respeto al relacionarse, …
Es cierto que el móvil, las redes sociales, las aplicaciones o, más recientemente, la inteligencia artificial, pueden influir en nuestra forma de relacionarnos. Podemos estar sentadas junto a otras personas mientras cada una mira su pantalla. Podemos caminar por la calle aislados mediante unos auriculares. Podemos incluso compartir un espacio sin intercambiar una sola mirada ni una sonrisa.
Podemos acabar siendo, algo parecido a “humanos zombis”: juntos, pero ajenos.
Pero la cuestión es más profunda. ¿Son las tecnologías las que están cambiando nuestra manera de relacionarnos o están amplificando algo que ya estaba presente? Como hemos mencionado previamente, el vínculo con otras personas es una necesidad profundamente humana. Los espacios, los tiempos, los ritmos, los valores, … son determinantes para crear y mantener vínculos. Es decir, el individualismo, la prisa, la dificultad para comprometernos o la tendencia a buscar relaciones que nos resulten cómodas también forman parte del contexto.

Por eso, quizá no se trate de demonizar la tecnología, sino de preguntarnos qué tipo de relaciones estamos construyendo y qué modos de vida las están favoreciendo. ¿Qué ha pasado con la tertulia y la sobremesa tras una buena comida con amigas o la familia? Conversar y dialogar es algo innato en el ser humano, pero requiere de tiempo y de práctica, precisamente lo que el estilo de vida actual no fomenta.
Una amistad necesita tiempo, presencia y experiencias compartidas
Hasta ahora hemos hablado de los vínculos y de las relaciones en general. El primer gran vínculo que toda persona tiene es el de la familia, que establece una relación incondicional, “pase lo que pase estamos aquí, cuenta con nosotros”. A lo largo del proceso de socialización se satisface la necesidad de pertenencia del ser humano a través de diferentes grupos de los que se forma parte a lo largo de la vida (colegio, extraescolares, danza, baloncesto, trabajo, asociación de vecinos, …)
La amistad se cuida. Las relaciones de amistad son condicionales, a diferencia de las relaciones familiares. Es decir, las relaciones significativas hay que cuidarlas, hay que ocuparse de ellas, dedicarles un tiempo. Las amistades necesitan compartir experiencias, conversar, escuchar, estar presentes y, en ocasiones, hacer un esfuerzo por encontrarnos con la otra persona.
A veces esperamos que las amistades se mantengan solas porque existe un vínculo previo. Pero las personas cambiamos, nuestras circunstancias cambian y también cambian nuestras necesidades. De ahí que las amistades pueden transformarse a lo largo de la vida y algunas pueden perderse.
Cuidar una amistad no significa estar permanentemente disponible ni satisfacer todas las necesidades de la otra persona. Significa darle un espacio y reconocer que una relación bidireccional, es decir, es un camino de ida y vuelta, “nos preocupamos y ocupamos mutuamente”.

Una relación sana también necesita límites
Las amistades saludables no tienen por qué ser perfectas. De hecho, una relación cercana implica diferencias, desencuentros y conflictos. Y lo importante es poder hablar de dichos conflictos, “limar asperezas”. Pero ¿qué me generan los conflictos? ¿Cómo llevo los conflictos? El problema viene cuando el conflicto con mi amiga me genera un conflicto interno por lo que prefiero callarme y no poner palabra a lo que está sucediendo en la relación de amistad.
Una amistad puede dejar de ser saludable cuando aparece una dependencia excesiva, cuando una persona pierde autonomía o criterio, cuando siente que no puede hacer determinadas cosas sin la aprobación de la otra o cuando deja de sentirse escuchada y tenida en cuenta. El paradigma de la relación de amistad insana es cuando se dan relaciones de control y de poder.
También es importante recordar que ninguna amistad puede cubrir todas nuestras necesidades. Es necesario tener diferentes vínculos —familia, pareja, amistades, compañeros, comunidad— para que cada uno aporte cosas diferentes para desarrollarnos a nivel emocional como personas.

Cuidar nuestras relaciones implica también poder decir que no, reconocer nuestras propias limitaciones y aceptar que no siempre podemos dar aquello que la otra persona necesita. Al igual que tampoco podemos estar disponible siempre que la otra persona lo necesite, siendo la inmediatez en la que vivimos un perjuicio para las relaciones y nos hace creer que en una relación de amistad se debe estar “accesible y a disposición”
Escuchar, esperar, preguntar
Quizá una de las capacidades más importantes para cuidar una amistad sea algo tan sencillo como escuchar. Escuchar implica no dar por hecho lo que la otra persona piensa o siente. Ofrecer un espacio para esperar y no intentar resolver inmediatamente aquello que nos cuenta. Lo cual implica permitirnos mostrar nuestra propia vulnerabilidad y eso se hace cuando sabemos que un vínculo es lo suficientemente fuerte que nos puede sostener emocionalmente.
Las relaciones profundas requieren pasar de la superficialidad a un espacio en el que podamos mostrarnos tal y como somos, con nuestras dudas, dificultades e inseguridades. Eso exige confianza y respeto, pero también tiempo y estar preparados para reconocer que ninguna amistad es la ideal porque las diferencias son las que hacen que las relaciones de amistad se complementen y el conocerse profundamente hace que sepamos para qué podemos contar con cada amistad.

La amistad también nos ayuda a conocernos
¿Qué nos aportan las amistades? Aunque parezca obvio, no solo dan compañía. Una relación de amistad puede ayudarnos a salir de nosotros mismos, a contrastar nuestra manera de ver las cosas, a descubrir nuestras capacidades y también nuestras limitaciones. Así como a compartir amistades y no manejarnos en relaciones de amistad “en exclusividad”
Las otras personas pueden mostrarnos aspectos de nosotros mismos que no vemos solos. Podemos aprender a relacionarnos, a negociar, a poner límites, a frustrarnos, a pedir ayuda, a cuidar y a dejarnos cuidar. En ese sentido, la amistad también es una forma de crecimiento personal y emocional.
Cuidar nuestras relaciones es también cuidar la comunidad
La salud de nuestras relaciones no depende únicamente de nuestras decisiones individuales. Pero si vivimos en entornos que no favorecen el encuentro, si no tenemos tiempo, si los espacios comunes desaparecen o si nuestras formas de vida nos llevan cada vez más hacia el aislamiento, el individualismo, la superficialidad, las prisas, relacionarnos puede resultar más difícil.

Por eso, cuidar los vínculos también significa recuperar espacios comunitarios, saludar, conversar, ayudar, participar, compartir y prestar atención a quienes tenemos alrededor.
No se trata únicamente de preguntarnos “¿por qué no tengo amigos?”, sino también de preguntarnos:
¿Qué puedo aportar yo a mis relaciones? ¿Qué lugar ocupan los demás en mi vida? ¿Estoy creando espacios, físicos y emocionales, para encontrarme con otras personas?
Porque, en definitiva, somos con otros. Y quizá cuidar nuestras relaciones sea una de las formas más cotidianas —y más importantes— de cuidar nuestra salud.
Aunque esta sociedad, nos quiera hacer creer que somos autónomos-autosuficientes “sin los otros”, en realidad son los vínculos con otras personas, y las relaciones de amistad en particular, las que necesitamos recuperar porque contribuyen a que rescatemos humanidad, respeto y comunidad para cuidarNOS entre todas y poder decidir sobre las amistades como “la familia elegida”.
Fdo. Idoia Madarieta, psicóloga, psicoterapeuta
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