Informe PISA: ¿qué nos está diciendo realmente sobre nuestros adolescentes?
Los resultados de PISA, publicados por la OCDE el pasado 8 de septiembre, han vuelto a colocar la educación en el centro del debate. Y las cifras invitan a detenernos: en España, el alumnado de 15 años ha obtenido resultados por debajo de la media en matemáticas, lectura y ciencias. Respecto a 2015, los alumnos han perdido 45 puntos en lectura, 29 en matemáticas y 16 en ciencias, mientras que el descenso medio de la OCDE ha sido de 28, 22 y 7 puntos respectivamente.

El problema no parece ser “saber menos”
Uno de los datos más llamativos tiene que ver con la comprensión lectora. El deterioro es especialmente destacado cuando el alumnado tiene que enfrentarse a textos largos. Los análisis realizados señalan, además, un aumento de respuestas rápidas e incorrectas y una menor perseverancia ante determinadas tareas. Hay incluso quien interpreta estos resultados como una posible señal de deterioro de la atención sostenida. Y esto nos sitúa ante una cuestión que va mucho más allá del aula.
Atender no significa simplemente mirar. Significa seleccionar información, mantenerla activa, inhibir estímulos irrelevantes y dedicar recursos mentales a aquello que estamos intentando comprender. Aprender requiere precisamente eso. Leer un texto complejo, resolver un problema matemático o comprender una explicación científica implica permanecer durante un tiempo dentro de una tarea. Supone aceptar que al principio quizá no entendemos algo, volver atrás, equivocarnos y continuar. En definitiva, aprender también implica aprender a esperar.

¿Son las pantallas las culpables?
Es tentador buscar una explicación sencilla: “los adolescentes utilizan demasiado el móvil”. Sin embargo, los datos no permiten reducir el problema a las horas de pantalla.
En España, el uso de dispositivos digitales en el aula es inferior a la media de la OCDE, pero un 29% del alumnado afirma que sus compañeros se distraen frecuentemente con ellos durante las clases de ciencias. Además, el 86% del alumnado español estudia en centros donde el uso del móvil no está permitido en las instalaciones, una proporción muy superior a la media de la OCDE. Esto muestra que la relación entre tecnología y aprendizaje es bastante más compleja que la simple presencia o ausencia del teléfono.
Porque no es lo mismo leer un texto largo que deslizar contenidos breves. No es lo mismo investigar que consumir información de manera pasiva. No es lo mismo mantener una conversación que saltar constantemente de un estímulo a otro. La cuestión, por tanto, no debería ser solamente “móvil sí o móvil no”, sino qué tipo de atención estamos favoreciendo en una sociedad que compite continuamente por capturarla.

¿Qué papel cumple la IA?
Y entonces es cuando aparece la inteligencia artificial. PISA 2025 incorpora por primera vez información sobre el uso de “chatbots generativos” para las tareas escolares. Se ha visto que, el 54% del alumnado declara utilizarlos al menos semanalmente para ayudarle a aprender; el 40% los utiliza para resumir textos y el 33% para redactar trabajos.
La cuestión no es estar a favor o en contra de la inteligencia artificial. La pregunta que deberíamos de hacernos es otra: ¿la estamos utilizando para pensar mejor o para pensar menos?
Una herramienta que ayuda a investigar, hacerse preguntas, contrastar información o recibir una explicación puede tener un enorme potencial. Pero si sustituye precisamente aquellas tareas que necesitamos aprender (leer, resumir, escribir o resolver un problema) podemos obtener una respuesta correcta sin haber construido el aprendizaje que había detrás. Los datos de PISA muestran, además, una relación compleja entre IA y rendimiento: quienes no utilizan chatbots tienden a obtener mejores resultados que quienes los utilizan, mientras que el uso moderado y con una finalidad de aprendizaje presenta relaciones diferentes. De hecho, la propia OCDE advierte de que el impacto depende del propósito y de cómo se integre la herramienta en el proceso educativo.

¿El problema son nuestros adolescentes?
Verdaderamente existe un riesgo cuando hablamos de atención y rendimiento: convertir una cuestión social en un defecto individual. “No se concentra”, “No tiene paciencia”, “No quiere estudiar”, “Solo quiere estar con el móvil”. Son frases que pueden describir comportamientos observables, pero que no explican necesariamente por qué aparecen.
- La adolescencia es una etapa de importantes cambios emocionales, sociales y evolutivos. La capacidad de autorregularse, mantener un esfuerzo o tolerar la frustración no aparece terminada de manera espontánea. Se desarrolla y necesita acompañamiento. Y ese acompañamiento no corresponde únicamente al adolescente.
- Los datos de PISA muestran un descenso en algunos indicadores de apoyo familiar: en España, el porcentaje de estudiantes que afirma que sus progenitores les preguntan semanalmente qué han hecho en la escuela ha pasado del 77% en 2022 al 69% en 2025. Al mismo tiempo, el absentismo ha aumentado: un 34% declara haber faltado al menos un día de clase en las dos semanas anteriores a la prueba, frente al 28% de 2022.
- También encontramos dificultades en los propios centros. En 2025, el 49% del alumnado español estaba escolarizado en centros cuyos equipos directivos señalaban falta de profesorado como un obstáculo para la enseñanza, frente al 39% de media de la OCDE.

Educar y aprender es mucho más
Todo esto nos recuerda algo fundamental: la capacidad de aprender no existe al margen de las condiciones de vida, de los vínculos y de los contextos educativos que nos rodean.
Conviene, por tanto, no convertir estos resultados en una etiqueta para nuestros adolescentes. PISA mide determinadas competencias y ofrece información muy valiosa, pero no mide todo lo que significa educar. No mide la calidad de los vínculos, la creatividad en todas sus formas, la capacidad de cuidar, de pedir ayuda, de gestionar una dificultad emocional o de construir un proyecto vital.
Lo que sí puede hacer es ayudarnos a reflexionar: ¿estamos educando en una cultura que favorece la atención o en una cultura que compite constantemente por capturarla? Yo no lo sé, pero desde luego que la respuesta no pasa por demonizar la tecnología ni por responsabilizar a una generación de las condiciones sociales que los adultos hemos construido. Pasa por recuperar espacios para leer con calma, conversar, aburrirse, equivocarse, tolerar la frustración y volver a intentarlo.
Porque aprender requiere tiempo. Y en una sociedad que cada vez acelera más el ritmo de los estímulos, quizá una de las tareas educativas más importantes sea precisamente enseñar algo aparentemente sencillo: parar, prestar atención y descubrir qué merece realmente nuestra atención.
Fdo. Xabier Molina, psicólogo
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