Cuando se aproxima la primera evaluación, muchos estudiantes experimentan un aumento del estrés y cierta inseguridad. Esto se suma a todos los reajustes que implica el arranque de curso: nuevo profesorado, nuevas asignaturas, calendario exigente, mayor volumen de trabajo… Todo ello puede generar un cierto agobio que afecta al rendimiento.
En educación secundaria y bachillerato, por ejemplo, la presión de las evaluaciones está muy presente. Se ha observado que niveles elevados de ansiedad anticipatoria afectan negativamente tanto a la motivación como a la permanencia en el itinerario educativo.

Diversos estudios señalan que la ansiedad en el aula se relaciona con la percepción de dificultad de la materia y con el riesgo de abandono del curso. En España, se ha detectado un importante componente de ansiedad académica en el contexto universitario tras los primeros exámenes del año. Esta fase inicial del curso es, por tanto, un momento clave: si el alumnado no encuentra estructuras que les den seguridad, pueden aparecer dificultades como falta de concentración, hábitos irregulares, procrastinación y sensación de estar “atrasados”.
Hábitos de estudio
En este contexto, los hábitos de estudio se convierten en una herramienta esencial para contrarrestar la ansiedad y organizar el aprendizaje. Estos hábitos son mucho más que “sentarse a hacer deberes”, implican:
- rutinas estables
- planificación
- ambiente adecuado
- técnicas eficientes
- horarios definidos

Una investigación reciente encontró que los hábitos de estudio predicen de forma significativa el rendimiento académico: los estudiantes con mejores hábitos obtienen mejores resultados. Muchos estudios subrayan que disponer de un espacio tranquilo y bien iluminado, establecer un horario fijo, priorizar tareas y reservar descansos breves son estrategias muy efectivas. Desde el comienzo del curso, reforzar estas rutinas ayuda a reducir el estrés acumulado, favorece la concentración y mejora la retención de contenidos.
Problemas de concentración: ¿por qué ocurren?
Muchos alumnos reconocen que les cuesta mantener la concentración, especialmente tras las primeras semanas del curso. Esta dificultad puede tener múltiples causas:
- Sobrecarga cognitiva por la cantidad de asignaturas nuevas.
- Distracciones digitales.
- Ansiedad o preocupaciones externas.
- E incluso malos hábitos de sueño.

Por ejemplo, estudios recientes muestran que el uso excesivo del móvil o las redes sociales interrumpe la atención sostenida y repercute en el rendimiento académico. Además, la ansiedad y el estrés reducen la capacidad de concentración, al igual que un descanso insuficiente o un ritmo de vida acelerado. Desarrollar un entorno de estudio controlado, limitar las distracciones, asegurar un sueño adecuado y aplicar técnicas de atención (como los bloques de estudio de 25–30 minutos seguidos de descansos breves) puede marcar una gran diferencia en el rendimiento.
Motivación
La motivación es otro pilar fundamental del aprendizaje. Es el combustible que impulsa al alumnado a actuar, persistir y superar obstáculos. Sin embargo, puede disminuir justo después de comenzar el curso, especialmente si los primeros resultados no son positivos o si el estudiante siente que no controla la situación. La autoeficacia —la creencia en la propia capacidad de aprender y rendir— aparece como un factor clave que media entre ansiedad y rendimiento. De hecho, investigaciones en adolescentes muestran que la ansiedad se relaciona negativamente con la motivación académica: cuanto mayor es la ansiedad, menor es la motivación.
Por ello, desde el inicio del curso conviene fomentar expectativas realistas, celebrar los pequeños progresos y vincular el estudio con un propósito significativo (“me prepara para…”, “me permite entender mejor…”), más allá de la nota.

El papel de las familias. ¿Cómo pueden ayudar?
Las familias tienen un papel esencial en este proceso, especialmente durante las primeras semanas, cuando el alumno aún está afianzando sus rutinas. Crear un entorno tranquilo para el estudio, mostrar una actitud de escucha activa, colaborar en la planificación de tareas y validar el esfuerzo tanto como el resultado son estrategias que refuerzan la autonomía y la confianza. La evidencia científica muestra que el entorno familiar predice las estrategias de estudio de los hijos, y que una buena dinámica familiar se asocia con mejores resultados académicos. Así, las familias no deben limitarse a supervisar deberes o calificaciones, sino actuar como verdaderos co-agentes del proceso educativo.

Técnicas de estudio
Para abordar eficazmente todos estos factores, es necesario incorporar técnicas de estudio; planificar el tiempo, dividir las tareas en bloques, priorizar, utilizar técnicas activas (resúmenes, esquemas, autoevaluaciones, repaso espaciado) y estudiar en ambientes sin distracciones son claves para mejorar la eficiencia. También es recomendable alternar estudio y descanso (por ejemplo, 25-30 minutos de concentración seguidos de 5 de pausa) y realizar revisiones periódicas, en lugar de acumular todo el estudio antes del examen. La metacognición —reflexionar sobre cómo se estudia— y el apoyo social, como estudiar en grupo o explicar lo aprendido a otros, fomentan tanto la comprensión como la motivación.

Bases para un aprendizaje más autónomo
A modo de conclusión podemos decir que el arranque del curso y la primera evaluación constituyen un momento decisivo en el itinerario educativo. Es una etapa en la que pueden emerger agobios, tensiones y desequilibrios en los hábitos, la concentración, la motivación o la gestión de la ansiedad.
Sin embargo, si desde el inicio se promueven buenos hábitos de estudio, ambientes adecuados, apoyo familiar, técnicas de afrontamiento y estrategias motivacionales, esta fase puede transformarse en una base sólida para el éxito.
Las familias, los docentes y los propios estudiantes tienen así la oportunidad de intervenir de forma preventiva para que ese “primer agobio” no derive en desmotivación o abandono, sino que se convierta en un trampolín hacia un aprendizaje más autónomo, equilibrado y sostenido.
Fdo: Irati Lapresa, psicopedagoga
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