En los últimos años, muchas familias comparten una preocupación creciente: sus hijos e hijas socializan menos “en el afuera” y, por diversas razones, pasan más tiempo en casa y en su habitación. Parece que les cuesta más quedar, exponerse, integrarse en grupos nuevos o sostener relaciones cara a cara.
En su lugar, aparece con mucha fuerza la casa, la habitación, las pantallas y el mundo digital. Pero, ¿qué está pasando realmente? ¿Estamos ante un problema o ante una transformación de la forma de relacionarse?

Miedo al rechazo
La socialización es una de las asignaturas más complicadas y más difíciles de aprobar. Si hay algo que define la infancia tardía y la adolescencia es la necesidad de pertenecer a un grupo y/o varios grupos. Ser aceptado/a por el grupo de iguales no es un “extra”; es una necesidad emocional profunda, que tiene un papel importante en la búsqueda de la identidad.
En esta etapa, la mirada de los demás pesa mucho: cómo me ven, si encajo o no, si gusto o no, si soy suficiente, etc. La condicionalidad del afuera genera muchas ansiedades y angustias. Por eso, el miedo al rechazo puede volverse muy intenso, y puede que nos llegue a bloquear hasta tal punto de no querer salir de casa. Estas ansiedades no siempre se expresan de forma directa, sino que, a menudo aparecen disfrazadas de:
- “No me apetece salir”.
- “Prefiero quedarme en casa”.
- “Paso de la gente”.
- “Me aburro cuando quedan”.

Pero detrás, muchas veces, hay experiencias o anticipaciones de rechazo:
- No sentirse incluido en un grupo.
- Haber vivido burlas o exclusión.
- No saber cómo encajar.
- Sentir que no se está “a la altura”.
En casa, como estrategia de protección
Cuando el rechazo (real o imaginado) entra en juego, la evitación aparece como una estrategia de protección: “si no voy, no me pueden rechazar”. De manera que me quedo en casa, me acomodo, y nunca llega el momento de enfrentarme a esa socialización con los/as iguales, es más, cuanto más tiempo pasa, más complicado es.

Este tipo de situaciones protegen durante un tiempo determinado pero, si se alargan demasiado y no se buscan alternativas, se enquistan. Bien es cierto que, a veces, es necesario ese distanciamiento y el tiempo para poder volver a recolocar las piezas del puzzle hasta encontrar la manera de “salir de la cueva”.
El “adentro”: refugio, no sustituto
El hogar y el entorno digital ofrecen algo muy potente: control, comodidad y sensación de seguridad. En estos espacios, los chicos y chicas pueden elegir cómo mostrarse, con quién interactuar y cuándo hacerlo. Algo que nos cuesta ver y entender a las personas adultas es que ahora se puede socializar también de manera virtual. No debemos demonizar la socialización online, ya que para muchos/as adolescentes es una vía real de conexión, les permite expresarse con más facilidad, encuentran personas con intereses similares y se sienten aceptados/as en espacios donde quizá no lo logran en el cara a cara.
Sin embargo, cuando lo digital se convierte en la única forma de relación, puede estar funcionando como refugio frente al miedo al rechazo en el mundo presencial.

Como todo en esta vida, tiene su lado positivo y su lado negativo. Evitar el cara a cara reduce la ansiedad, pero también impide desarrollar habilidades clave: afrontar la incomodidad, manejar el conflicto, leer señales sociales complejas y construir vínculos más sólidos.
No demonizar lo tecnológico
Cierto es que el universo “Internet”, a veces, se nos escapa de las manos a las personas adultas. Es un recurso incondicional, al cual se puede acceder fácilmente desde la infancia, ya sea a través de las redes sociales o videojuegos. Pero es importante no demonizar las nuevas tecnologías, ya que para ellos/as es parte de su vida, lo tienen muy integrado, e incluso, a veces, gracias a ellas encuentran alivio.
No se trata de elegir entre el mundo digital y el presencial, ni de eliminar el “adentro”. Se trata de que el “adentro” no sea el único lugar donde sentirse válido. Y para eso, necesitan algo fundamental: adultos que los acompañen también en lo difícil. En el miedo, en la duda… y también en el rechazo.

Aprender a relacionarse también implica arriesgar
Hacer amigos/as no siempre es fácil. Implica exponerse, equivocarse, probar, y, en ocasiones, insistir. Implica, en cierto modo, aceptar que el rechazo forma parte del proceso.
No todos los grupos encajan, no todas las personas conectan, y no siempre se recibe la respuesta que la persona espera. Y esto, aunque duele, también construye identidad y fortalece recursos personales. “Currarse” un lugar en un grupo significa:
- Atreverse a acercarse.
- Sostener la incomodidad inicial.
- Aprender de las experiencias, tanto de las positivas como de las negativas.

Validar el dolor del rechazo
El papel de la familia y de referentes importantes para ellos/as, es acompañar en el proceso.
No solo se trata de animar a socializar, sino de apoyarnos en algunas claves que pueden resultar de gran ayuda cuando se dan situaciones complejas, emocionalmente duras y las comparten en casa. Pueden ser:
- Validar el dolor del rechazo sin minimizarlo (“entiendo que te haya dolido”).
- Evitar soluciones rápidas (“búscate amistades”) sin haber escuchado.
- Ayudar a entender lo ocurrido sin caer en la culpa.
- Reforzar la autoestima más allá de la aceptación externa.
- Acompañar a volver a intentarlo, pero poco a poco.

El objetivo no es evitar que sufran, sino que desarrollen herramientas para sostener ese malestar sin retirarse del mundo y continuar queriendo conocer a diferentes personas en los contextos en los que conviven a diario. Para ello, se deben de buscar nuevas oportunidades y crear espacios seguros que fomenten relaciones sanas. Estos entornos facilitan experiencias de aceptación que son clave para contrarrestar el miedo.
Acompañar también a las familias
No es fácil ver a un hijo o hija sufrir por no sentirse aceptado/a. Hay situaciones que generan mucha preocupación, por ejemplo: no le han invitado al cumpleaños, no le han avisado para quedar o, no le han incluido en el grupo de “Whatsapp”. Estos son uno de los mayores miedos que presentan las familias, ya que genera impotencia, intranquilidad y muchas dudas., ¿qué he hecho mal?, ¿por qué no encaja? O ¿por qué no cuentan con mi hijo/a? Por eso, el acompañamiento a madres y padres es fundamental. Poder contar con un espacio donde:
- Entender mejor lo que está pasando.
- Aprender cómo intervenir sin invadir.
- Adquirir herramientas prácticas.
- Sentirse acompañados/a y “no juzgados/as”, marca una gran diferencia.
Desde Ediren, ofrecemos ese apoyo, acompañando tanto a la chavalería como a sus familias en este proceso. Ayudamos a construir puentes entre el “adentro” y el “afuera”, favoreciendo relaciones más saludables y seguras; entendiendo lo que puede suponer para un/a niño/a o adolescente la socialización dependiendo en el momento evolutivo en el que se encuentra, y desculpabilizando a la familia, dando estrategias para favorecer la salida al afuera y acompañar de la mejor manera posible al/a menor.
Fdo. Iratxe Ortiz de Orruño, pedagoga, experta en familia y pareja
Deja una respuesta